A través del poeta, escritor, diplomático y periodista Fernando Garavito, mi mentor, guía y maestro, quien falleció en octubre de 2010, conocí a Eduardo Umaña Luna en 1975, cuando él tenía 44 años y yo 20.
No sabía nada de él, pero su fascinante conversación, su vasta cultura que lo mantenía inmerso en todas las disciplinas del intelecto, desde la música hasta el performance, me impresionaron gratamente.
Era de eso tipos a los que uno escucha con interés y cuando se despide, se queda con la sensación de que es más ignorante de lo que pensaba y es eso lo que, en mi caso, me estimuló a aprender e informarme, no sólo limitado por el colegio y la universidad, sino también por cuenta propia.
Lástima que los jóvenes de hoy, en vez de andar chateando y pendejeando, no aprovechen el internet para ilustrarse y culturizarse en todas las ramas del conocimiento que más puedan. Como comentábamos en estos días con un amigo, una de las diferencias entre nuestra generación y la de ahora, es que esta última habla bobadas en tres idiomas.
Bueno, el caso es que me hice amigo de Eduardo y poco a poco, porque era de una modestia franciscana (murió en 2008, a los 77 de edad), fui descubriendo que era abogado y sociólogo, que había sido locutor de la Radio Nacional, bibliotecario de la Biblioteca Nacional, fiscal, profesor universitario, investigador y defensor de presos políticos, lo cual le significó muchos dolores de cabeza.
También supe que había sido compañero de magisterio y amigo muy cercano del malogrado sacerdote socialista Camilo Torres Restrepo, y que era hijo extramatrimonial del gran poeta José Umaña Bernal.
Como en ese entonces la poesía formaba parte de mis intereses inmediatos, se me iluminó la mirada y le dije emocionado que conocía muy bien la obra cumbre de su padre, Décimas de luz y hielo, y le conté que yo había escrito muchos poemas desde los 12 de edad, sólo para comprobar que era un desastre con buenas intenciones, a lo cual rió de buena gana.
-No te preocupes, que todos hemos pasado por esos pecadillos de juventud, dijo en tono comprensivo.
Su conocimiento del acontecer nacional, desde la independencia hasta ese 1975, era abismal y le presentaba a uno un mapa muy completo acerca de la división de clases, los partidos políticos, las bases de la economía nacional, la intervención de las trasnacionales, la carencia de infraestructura, de acueducto y alcantarillado en casi toda la geografía nacional, en fin, algo tan real y palpable, que la poesía pasó a tercer plano, pues como ser humano era un animal político que no podía abstraerme de los aconteceres de la convivencia comunitaria.
Lo indagué acerca del poeta Umaña Bernal y me contó que le escribía cartas en los que no le decía mijo, sino que lo tuteaba con sequedad y se dedicaba a remachacarle que debía leer mucho de filosofía, literatura universal, psicología, sociología y demás ciencias sociales, para que se preparara para la vida como un ser útil a los demás y no pensar sólo en la diversión y el deleite.
Calló un momento y se quedó mirando a la nada, removiendo los recuerdos.
Tuvimos muchos encuentros, cada vez más aleccionadores, y por él conocí a muchas figuras del pensamiento nacional, que no es del caso mencionar, so riesgo de aparecer más pedante de lo que ya deben pensar algunos.
La última vez que lo vi, pocas semanas antes de morir, estaba sentado en las escaleras de un edificio de la Calle 30 con Carrera 7ª, conversando animadamente con una anciana vendedora ambulante. Yo iba en una buseta y quise bajarme a saludarlo, pero no lo hice.
Eso de hablar con toda clase de gente, era parte de su encanto y del que tienen muchas personalidades, sin inconveniente para armar tertulia con el embolador, el lotero, el repartidor de periódicos, el travesti, la prostituta, el policía, el barrendero, el portera, la señora de los tintos. A él y a los demás les aprendí eso y los imito.
Cuando supe de su deceso, me acordé de la tarde en que le comenté que había pensado que esas cartas de su papá, duras y severas, tenían un interés válido, que se solidificara como ente activo y no perdiera el tiempo en tonterías.
Me miró con tristeza y suspiró, mientras descansaba la quijada sobre sus manos entrelazadas en la empuñadura de su bastón, y calló antes de responder, como era su costumbre.
-No puedo negar que tienes razón, dijo, y volvió a callar.
Al cabo interrumpí sus cavilaciones:
-Entonces, Eduardo, ¿por qué ese tono de reproche?
-No, no guardo reproche alguno.
-(…)
Suspiró nuevamente, más profundo, levantó la cabeza y me miró fijamente, mientras decía con voz sentida:
-Mi papá nunca me preguntó si yo era feliz.
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